Santoral 25 y 26 de Mayo
- 26 may 2016
- 31 Min. de lectura

TRASLACIÓN DEL CUERPO DE SAN FRANCISCO Y DEDICACIÓN DE SU BASÍLICA DE ASÍS. San Francisco murió en la Porciúncula, fuera de la ciudad de Asís, al atardecer del día 3 de octubre de 1226. A la mañana siguiente, que era domingo, su cuerpo fue trasladado solemnemente a Asís y enterrado en la iglesia de San Jorge. El 25 de mayo de 1230, el cuerpo de san Francisco fue trasladado desde la iglesia de San Jorge a su nueva basílica, que fue consagrada por Inocencio IV el 25 de mayo de 1253. En la actualidad la Familia franciscana celebra estos acontecimientos el 24 de mayo.

SAN BEDA EL VENERABLE, presbítero y doctor de la Iglesia. Nació junto al monasterio benedictino de Wearmouth, que tiene al lado el filial de Jarrow (Inglaterra), el año 673. Fue educado por san Benito Biscop, abad de aquel monasterio, en el que Beda ingresó muy joven. Allí consagró su vida a las observancias de la Regla, a la convivencia fraterna, a la celebración del culto litúrgico, a la meditación de las Sagradas Escrituras y de los Santos Padres, y la actividad literaria. Escribió obras teológicas e históricas de gran fervor y erudición; entre ellas cabe destacar su Historia eclesiástica de Inglaterra, al final de la cual escribe: «He pasado toda mi vida dentro del claustro, repartiendo el tiempo entre el estudio de las Sagradas Escrituras, la observancia de la disciplina monástica y el diario oficio de cantar en el coro. Todas mis delicias eran aprender, enseñar o escribir... Desde mi admisión al sacerdocio hasta el año presente, en que cuento 59 años de edad, me he ocupado en redactar para mi uso y el de mis hermanos algunas notas sobre la Sagrada Escritura, sacadas de los Santos Padres o en conformidad con su espíritu e interpretación». Murió el año 735.- Oración: Señor Dios, que has iluminado a tu Iglesia con la sabiduría de san Beda el Venerable, concede a tus siervos la gracia de ser constantemente orientados por las enseñanzas de tu santo presbítero y ayudados por sus méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SAN GREGORIO VII, papa de 1073 a 1085, que antes se había llamado Hildebrando. Nació en Toscana (Italia) hacia el año 1028. Se educó en Roma y perteneció al clero romano. Abrazó la vida monástica en Cluny, de donde pasó a Roma, al monasterio de San Pablo, del que fue abad y al que reformó con éxito. Fue legado y colaborador de los papas en la obra de la reforma eclesiástica, que él mismo hubo de proseguir con gran denuedo al subir a la cátedra de San Pedro en 1073; la suya la conocemos con el nombre de «Reforma Gregoriana». Luchó contra la simonía, el concubinato de los clérigos, las investiduras seculares, y propugnó una vasta reforma eclesial, buscando la santidad y la libertad de la Iglesia. Su principal adversario fue el emperador Enrique IV, al que excomulgó. Murió desterrado en Salerno (Campania) el 25 de mayo de 1085, y antes de morir declaró: «Porque amé la justicia y odié la iniquidad, muero en el destierro».- Oración: Señor, concede a tu Iglesia el espíritu de fortaleza y la sed de justicia con que has esclarecido al papa san Gregorio, y haz que, por su intercesión, sepa tu Iglesia rechazar siempre el mal y ejercer con entera libertad su misión salvadora en el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI. Nació en Florencia (Italia) el año 1566. Educada en la piedad, desde joven tuvo profundas experiencias espirituales y a los dieciocho años ingresó en el monasterio carmelitano de Santa María de los Ángeles de su ciudad. Llevó una vida de oración y de abnegación, orando constantemente por la renovación y fortalecimiento de la Iglesia que en Italia hacía frente a la difusión de la cultura neopagana del renacimiento y a la influencia de la reforma luterana. En el monasterio ejerció los cargos de sacristana, maestra de las jóvenes y de las novicias, y subpriora. Además, dirigió por el camino de la perfección a muchas de sus hermanas de religión. Dios la enriqueció con múltiples dones, éxtasis y revelaciones, de los que dejó constancia en sus escritos. Murió el 25 de mayo de 1607, y fue canonizada en 1669 junto con san Pedro de Alcántara.- Oración: Señor Dios, tú, que amas la virginidad, has enriquecido con dones celestiales a tu virgen santa María Magdalena de Pazzi, cuyo corazón se abrasaba en tu amor; concede a cuantos celebramos hoy su fiesta imitar los ejemplos de su caridad y su pureza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA MAGDALENA SOFÍA BARAT. Nació el año 1779 en Joigny (Borgoña, Francia) de una familia artesana. Un hermano suyo sacerdote le dio una amplia y sólida formación clásica, literaria, científica y religiosa. Cuando estalló la Revolución Francesa, se fue con su hermano a París. El año 1800, recuperada la paz y libertad religiosa, fundó la Sociedad del Sagrado Corazón, con la que quiso glorificar al Corazón de Jesús a través del apostolado, especialmente la formación de las jóvenes pertenecientes a las capas altas de la sociedad, a la vez que dedicaba aulas a las niñas pobres. Su espiritualidad, lo mismo que los principios y fundamentos de su regla, es esencialmente ignaciana, y se funda sobre todo en la oración y la vida interior. En el gobierno de su Sociedad, de la que fue superiora general hasta su muerte, tuvo que superar numerosas pruebas y dificultades, pero las religiosas y las casas crecieron y se difundieron por Europa y América. Murió en París el 25 de mayo de 1865.- Oración: Oh Dios, que en tu infinita misericordia te dignaste adornar a santa Magdalena Sofía con las virtudes de la humildad y la caridad, que aprendió del Corazón de tu Hijo, haz que, siguiendo las huellas que ella nos ha dejado, vivamos unidos constantemente a Cristo y encontremos en él la plenitud de nuestra alegría. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
SAN CRISTÓBAL MAGALLANES Y SAN AGUSTÍN CALOCA. El 21 de mayo hicimos una breve referencia a los 25 mártires de la persecución religiosa desatada en México, que el papa Juan Pablo II canonizó el año 2000, y que se recuerdan en la fecha del martirio de cada uno.- Cristóbal y Agustín eran párroco y coadjutor respectivamente. Cristóbal nació en Totaliche (México) el año 1869. Estudió en el seminario de Guadalajara y se ordenó de sacerdote en 1899. Lo enviaron de párroco a su pueblo, en el que mostró su talla de gran pastor. Estuvo atento a las necesidades espirituales y sociales del pueblo, fomentó la vida cristiana de sus fieles, abrió una escuela, levantó una presa, construyó el santuario de Ntra. Sra. del Refugio, formó a seminaristas. Agustín nació en Rancho de la Presa (Zacatecas) el año 1898. Estudió en los seminarios de Guadalajara y de Totaliche, y recibió la ordenación sacerdotal en 1923. Lo enviaron de coadjutor al P. Cristóbal y trabajó en la catequesis, las misiones populares y la formación de seminaristas. Llegada la revolución contra la Iglesia, el párroco y su vicario compartieron la cárcel y el martirio. Los arrestaron y, sin previo juicio, los fusilaron el 25 de mayo de 1927 en Catatlán (Guadalajara, México). Ante el pelotón, el P. Cristóbal perdonó a todos y confortó a su compañero.
BEATO GERARDO MECATTI DE VILLAMAGNA. Nació en Villamagna, cerca de Florencia, hacia el año 1174, de familia humilde. De joven se unió a un caballero cruzado que marchaba a la conquista de Tierra Santa. Sufrió muchas calamidades. Prestó servicio en distintas casas de la Orden de San Juan de Jerusalén. Regresó a Italia y, en Asís, vistió el hábito de la Tercera Orden de San Francisco. Siguiendo el ejemplo del Poverello, distribuyó sus bienes a los pobres y se retiró a un tugurio, cercano a su pueblo, donde se entregó a la vida de penitencia y de oración, a la vez que acogía a los peregrinos y asistía a los enfermos. Su fama de santidad se extendió por la Toscana y Dios le concedió carismas extraordinarios. Murió en su pueblo natal, al parecer, el 25 de mayo de 1245 ó 1270, pero no hay seguridad histórica respecto al día ni al año.

BEATO GERIO DE LUNEL. Nació en Lunel (Francia) de familia noble hacia el año 1270. Recibió una educación piadosa y, siendo aún joven, decidió, junto con su hermano Effrennaud, dejar sus bienes y llevar una vida eremítica. Ambos vistieron el hábito de la Tercera Orden de San Francisco y se retiraron a unas cuevas para consagrarse a la contemplación y la penitencia. Más tarde decidieron llevar vida de peregrinos. Visitaron en Asís la tumba de San Francisco, en Roma las de los Apóstoles san Pedro y san Pablo y, cuando se dirigían a Ancona para embarcar hacia Tierra Santa, Gerio enfermó gravemente en Montesanto (hoy Potenza Picena en Las Marcas) y se alojó en una cabaña, donde murió el 25 de mayo de 1299.
* * *
San Aldelmo o Adelmo. Nació de una familia emparentada con los reyes de Wessex (Inglaterra) hacia el año 639. Abrazó la vida religiosa en el monasterio de Malmesbury, del que fue elegido abad hacia el 675. Consiguió que sus monjes adoptaran la Regla de San Benito y fundó otros monasterios. Se hizo célebre por su doctrina y sus escritos, redactados en latín o en lengua vulgar, tanto en verso como en prosa. Ya entrado en años lo eligieron obispo de la nueva diócesis de Sherborne entre los sajones occidentales. Dio ejemplo con su vida austera y piadosa, y se entregó al cumplimiento de sus deberes como pastor. Murió en Doulting el año 709.
San Canión. Obispo de Atella, en la actualidad Sant'Arpinio, en la región de Campania (Italia), que fue martirizado en una fecha desconocida del siglo III o IV.
San Dionisio de Milán. Fue obispo de Milán. Participó en el concilio que se celebró en su ciudad el año 355, convocado por el emperador arriano Constancio para condenar a san Atanasio. Dionisio defendió la fe del Concilio de Nicea, la divinidad de Jesucristo, y rehusó condenar a san Atanasio. El emperador lo desterró a Armenia, y allí murió en torno al año 360, mereciendo con justicia el título de mártir.
San Dionisio Ssebuggwawo. Es uno de los jóvenes mártires de Uganda. Nació en 1870 y desde muy joven estuvo al servicio del rey Mwanga. Conoció el cristianismo y se bautizó en 1885. Llevado de su fervor, estuvo catequizando a dos miembros de la corte real, hecho que reconoció ante el rey, el cual lo traspasó con una lanza y mandó que lo remataran luego degollándolo. Esto sucedió el año 1886 en Munyonyo (Uganda).
San Genadio de Astorga. Fue monje en el monasterio de Ageo, en la diócesis de Astorga (España). Con otros monjes restauró el año 882 el monasterio de San Pedro de los Montes, en la región de El Bierzo (León), del que fue abad. El año 898 lo eligieron obispo de Astorga. Acompañó y aconsejó al rey Alfonso II. Fomentó la vida monástica, fundó nuevos monasterios y restauró otros. Renunció a su sede el año 920 para dedicarse por entero a la vida contemplativa, primero en un monasterio y luego como ermitaño. Murió en Peñalba de Santiago (León, España) hacia el año 925.
San León. Fue abad del monasterio de Mantenay-sur-Seine, junto a Troyes (Francia), en el siglo VII.
San Pedro Doan Van Van. Cristiano seglar vietnamita, que nació en el poblado de Ke-coi el año 1780. A la edad de 25 años le encomendaron la administración económica de la parroquia y el oficio de catequista. Lo detuvieron durante la persecución del emperador Tu Duc, y ante el juez declaró que no era sacerdote como aquél se creía, pero que era cristiano. Le plantearon la disyuntiva de apostatar o morir, y él eligió lo segundo. Lo decapitaron en 1857.
San Zenobio. Fue obispo de Florencia (Italia) y murió hacia el año 417.
Beatos Mario Vergara, sacerdote italiano, e Isidoro Ngei Ko Lat, catequista birmano, fusilados por militares rebeldes, de religión baptistas, en Shadaw, Birmania (hoy Myanmar), el 25 de mayo de 1950. Mario nació en Frattamaggiore en 1910. Ingresó en el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME), se ordenó sacerdote en 1934 e inmediatamente lo enviaron a Birmania. En medio de grandes dificultades atendió sobre todo a pobres, ancianos y enfermos, y también a los niños. En la II Guerra Mundial estuvo prisionero en campos de concentración indios. De nuevo en su misión, la fecundidad de su apostolado provocó el resentimiento de los baptistas. Las dificultades aumentaron en 1948 cuando se independizó Birmania y estalló la guerra civil. Isidoro nació en 1918, de una familia birmana católica de labradores. Ingresó en el seminario, pero tuvo que dejarlo por falta de salud. Abrió en ! su pueblo una escuela privada gratuita. En 1948 se unió al P. Mario como catequista, y lo acompañó hasta el martirio.
Beatificados el 24-V-2014.
Beato Nicolás Cehelskyj. Nació en Ucrania el año 1896 en el seno de una familia grecocatólica. Estudió en la universidad de Lvov, contrajo matrimonio, del que tendría cuatro hijos, y se ordenó de sacerdote en 1925 como presbítero diocesano de la archieparquía de Lvov de los ucranianos. Le encomendaron la parroquia de Soroka, en la que ejerció su ministerio cuidando la vida espiritual, la educación y el bienestar de sus parroquianos. Después de la II Guerra Mundial, se implantó un régimen totalitario y enemigo de la Iglesia. Lo arrestaron el 28 de octubre de 1946 y lo condenaron a diez años de trabajos forzados. Lo encerraron en el campo de concentración de Javas (Moldavia), famoso por su rigor y crueldad, y después de terribles sufrimientos murió de agotamiento en 1951.
Beato Santiago Felipe Bertoni. Nació el año 1454 en Celle di Faenza (Emilia-Romaña, Italia) en el seno de una familia humilde. Entró de pequeño en la Orden de los Siervos de María (Servitas), y a su debido tiempo hizo la profesión y se ordenó de sacerdote. Fue un religioso amable, modesto, humilde y manso, amante del retiro y el silencio. Destacó sobre todo por su vida extremadamente austera y penitente. Murió en Faenza el año 1483.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
Del profeta Isaías: «Sión decía: "Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado". ¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré» (Is 49,14-15).
Pensamiento franciscano:
Así oraba san Francisco en sus Alabanzas del Dios altísimo: «Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas. Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente, tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra. Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses, tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero» (AlD 1-3).
Orar con la Iglesia:
Todos los bautizados en el Espíritu Santo, en unión con la Iglesia, glorifiquemos al Señor, y roguémosle: Señor Jesús, santifícanos en el Espíritu Santo.
-Envíanos, Señor, cada día el Espíritu Santo, para que ante los hombres te confesemos como Señor y Rey nuestro.
-Danos una caridad sin hipocresía, para que seamos sinceramente cariñosos unos con otros, como buenos hermanos.
-Dispón con tu gracia el corazón de los fieles, para que acojamos con amor y alegría los dones del Espíritu.
-Danos la fortaleza de tu Espíritu, y haz que sane y vigorice lo que en nosotros está enfermo y débil.
Oración: Señor Jesús, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría y el calor de las fiestas pascuales. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
* * *
SAN BEDA EL VENERABLE De la catequesis de S. S. Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 18-II-2009
Nació en el nordeste de Inglaterra, exactamente en Northumbria, entre los años 672 y 673. Él mismo cuenta que sus parientes, a la edad de siete años, lo encomendaron al abad del cercano monasterio benedictino para que fuera educado. De hecho, san Beda llegó a ser uno de los eruditos más insignes de la alta Edad Media. La enseñanza y la fama de sus escritos le granjearon muchas amistades con las principales personalidades de su tiempo, que lo animaban a proseguir en su trabajo, del que tantos se beneficiaban. A pesar de enfermar, no dejó de trabajar, conservando siempre una alegría interior que se expresaba en la oración y en el canto. La muerte le llegó el 26 de mayo del año 735: era el día de la Ascensión.
Las Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica de san Beda. A partir de un cuidadoso estudio crítico del texto, comenta la Biblia, leyéndola en clave cristológica, es decir, reúne dos cosas: por una parte, escucha lo que dice exactamente el texto; y, por otra, está convencido de que la clave para entender la Sagrada Escritura como única Palabra de Dios es Cristo y, con Cristo, a su luz, se entiende el Antiguo y el Nuevo Testamento como «una» Sagrada Escritura.
Otro tema recurrente en san Beda es la historia de la Iglesia. En las Chronica Maiora, san Beda traza una cronología que se convertirá en la base del Calendario universal ab incarnatione Domini. Por entonces se calculaba el tiempo desde la fundación de la ciudad de Roma. San Beda, viendo que el verdadero punto de referencia, el centro de la historia es el nacimiento de Cristo, nos dio este calendario que interpreta la historia partiendo de la encarnación del Señor.
Las características de la Iglesia que san Beda puso de manifiesto son: a) la catolicidad como fidelidad a la tradición y al mismo tiempo apertura al desarrollo histórico, y como búsqueda de la unidad en la multiplicidad; b) la apostolicidad y la romanidad: a este respecto, considera de primordial importancia convencer a todas las Iglesias irlandesas celtas y de los pictos a celebrar unitariamente la Pascua según el calendario romano. El Cómputo que él elaboró científicamente para establecer la fecha exacta de la celebración pascual, y por tanto de todo el ciclo del año litúrgico, se ha convertido en el texto de referencia para toda la Iglesia católica.
San Beda fue también un insigne maestro de teología litúrgica. En las homilías sobre los evangelios dominicales y festivos desarrolló una verdadera mistagogia, educando a los fieles a celebrar gozosamente los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, en espera de su plena manifestación al regreso de Cristo, cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos en la procesión de las ofrendas en la liturgia eterna de Dios en el cielo. Siguiendo el «realismo» de las catequesis de san Cirilo, san Ambrosio y san Agustín, san Beda enseña que los sacramentos de la iniciación cristiana convierten a cada fiel «no sólo en cristiano sino en Cristo», pues cada vez que un alma fiel acoge y custodia con amor la Palabra de Dios, imitando a María, concibe y engendra nuevamente a Cristo. Y cada vez que un grupo de neófitos recibe los sacramentos pascuales, la Iglesia se «auto-engendra», o con una expresión aún más audaz, la Iglesia se convierte en «madre de Dios», participando en la generación de sus hijos, por obra del Espíritu Santo.
Gracias a esta forma suya de hacer teología, mezclando Biblia, liturgia e historia, san Beda tiene un mensaje actual para los distintos «estados de vida»: a) a los estudiosos les recuerda dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atractiva a los fieles, y exponer las verdades dogmáticas evitando las complicaciones heréticas y ciñéndose a la «sencillez católica», con la actitud de los pequeños y humildes, a quienes Dios se complace en revelar los misterios del Reino; b) los pastores, por su parte, deben dar prioridad a la predicación, no sólo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino también valorando los iconos, las procesiones y las peregrinaciones. A estos san Beda les recomienda el uso de la lengua popular, como hace él mismo; c) a las personas consagradas, que se dedican al Oficio divino, viviendo la alegría de la comunión fraterna y progresando en la vida espiritual mediante la ascesis y la contemplación, san Beda les recomienda cuidar el apostolado -nadie tiene el Evangelio sólo para sí mismo, sino que debe sentirlo como un don también para los demás-, sea colaborando con los obispos, sea estando disponibles para la misión evangelizadora entre los paganos, fuera del propio país, como «peregrinos por amor de Dios».
* * *
«DESEO VER A CRISTO» De la carta Cutberto sobre la muerte de san Beda el Venerable
El martes, antes de la fiesta de la Ascensión, la enfermedad de Beda se agravó; su respiración era fatigosa y los pies se le hinchaban. Sin embargo, durante todo aquel día siguió sus lecciones y el dictado de sus escritos con ánimo alegre. Dijo, entre otras cosas:
«Aprended deprisa porque no sé cuánto tiempo viviré aún, ni si el Creador me llevará consigo enseguida».
Nosotros teníamos la impresión de que tenía noticia clara de su muerte; prueba de ello es que se pasó toda la noche velando y en acción de gracias.
Al amanecer del miércoles, nos mandó que escribiéramos lo que teníamos comenzado; lo hicimos hasta la hora de Tercia. A la hora de Tercia tuvimos la procesión con las reliquias de los santos, como es costumbre ese día. Uno de los nuestros, que estaba con Beda, le dijo:
«Maestro, falta aún un capítulo del libro que últimamente dictabas; ¿te resultaría muy difícil seguir contestando a nuestras preguntas?».
A lo que respondió:
«No hay dificultad. Toma la pluma y ponte a escribir enseguida».
Así lo hizo él. Pero a la hora de Nona me dijo:
«Tengo en mi baúl unos cuantos objetos de cierto valor, a saber, pimienta, pañuelos e incienso; ve corriendo y avisa a los presbíteros del monasterio para repartir entre ellos estos regalos que Dios me ha hecho».
Ellos vinieron, y Beda les dirigió la palabra, rogando a todos y cada uno que celebraran misas por él y recitaran oraciones por su alma, lo que prometieron todos de buena gana.
Se les caían las lágrimas, sobre todo cuando Beda dijo que ya no verían por más tiempo su rostro en este mundo. Pero se alegraron cuando dijo:
«Hora es ya de que vuelva a mi Creador (si así le agrada), a quien me creó cuando yo no era y me formó de la nada. He vivido mucho tiempo, y el piadoso juez ha tenido especial providencia de mi vida; es inminente el momento de mi partida, pues deseo partir para estar con Cristo; mi alma desea ver en todo su esplendor a mi rey, Cristo».
Y dijo más cosas edificantes, continuando con su alegría de siempre hasta el atardecer.
Wiberto, de quien ya hemos hablado, se atrevió aún a decirle:
«Querido maestro, queda aún por escribir una frase».
Contestó Beda:
«Pues escribe enseguida».
Al poco tiempo dijo el muchacho:
«Ya está».
Y Beda contestó de nuevo:
«Bien dices, está cumplido. Ahora haz el favor de colocarme la cabeza de manera que pueda sentarme mirando a la capilla en que solía orar; pues también ahora quiero invocar a mi Padre».
Y así, tendido sobre el suelo de su celda, comenzó a recitar:
«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
Al nombrar al Espíritu Santo exhaló el último suspiro, y, sin duda, emigró a las delicias del cielo, como merecía, por su constancia en las alabanzas divinas.
* * *
CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO por Michel Hubaut, franciscano
Celebrar la comida del Señor: encontrar y acoger a Cristo vivo
Celebrar la Eucaristía, ¿no es ante todo creer y proclamar públicamente que Jesús está vivo? Un Viviente que hoy convoca y reúne a sus hermanos para conmemorarle. Al respecto nos sugieren claramente los evangelistas cómo esta comida es, desde los orígenes del cristianismo, el lugar privilegiado del encuentro del Señor y del reconocimiento en la fe de su presencia entre nosotros (aparición a los discípulos, Emaús).
Francisco acoge en este sacramento el «memorial» del amor vivo del Señor. Por esta comida, el Señor se hace presente a nuestra memoria, a nuestra inteligencia y a nuestro corazón. ¿Cómo olvidar este acontecimiento creador, salvador, siempre actual? Clara encuentra en él el alimento cotidiano de su fe. «El pan nuestro de cada día: tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, dánoslo hoy: para que recordemos, comprendamos y veneremos el amor que nos tuvo y cuanto por nosotros dijo, hizo y sufrió», escribe Francisco en su Padrenuestro parafraseado (ParPN 6).
Luego veremos, analizando su primera admonición, que la Eucaristía es para él el encuentro, en la fe, de Cristo hoy: «Como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado» (Adm 1,19). La fe no crea esta presencia, la reconoce y la acoge en los signos escogidos por Cristo mismo. Si la fe condiciona este encuentro, no es su causa. Para un cristiano, el fundamento de la comida eucarística no es ni la asamblea más o menos cálida de los hermanos, ni lo que yo siento, ni los signos externos -lugar, ornamentos, mobiliario-, sino Cristo reconocido y acogido en medio de la Comunidad.
Francisco vivirá siempre en la irradiación luminosa de esta presencia viva y actual de su Señor. Así comienza espontáneamente una de sus cartas con el siguiente saludo original que remite explícitamente al Cristo eucarístico: «A todos los Custodios de los hermanos menores a quienes llegue esta carta, el hermano Francisco, vuestro siervo y pequeñuelo en el Señor: salud en las nuevas señales del cielo y de la tierra [la Eucaristía], que son grandes y muy excelentes ante Dios y que por muchos religiosos y otros hombres son consideradas insignificantes»; y al hilo de esta carta, su fe en la presencia de Cristo «Señor Dios, vivo y verdadero», significada por el sacramento eucarístico, se vuelve más apremiante y más admirativa: «Y cuando es consagrado por el sacerdote sobre el altar y cuando es llevado a alguna parte, que todas las gentes, de rodillas, rindan alabanzas, gloria y honor al Señor Dios vivo y verdadero. Y que de tal modo anunciéis y prediquéis a todas las gentes su alabanza, que, a toda hora y cuando suenan las campanas, siempre se tributen por el pueblo entero alabanzas y gracias al Dios omnipotente [Cristo eucarístico] por toda la tierra» (1CtaCus 6-8).
Invita, pues, a sus hermanos a ser verdaderos predicadores de la Eucaristía a fin de que toda la tierra se convierta en una inmensa acción de gracias por esta presencia viva de Cristo. Francisco acumula aquí los términos que expresan la totalidad del espacio y del tiempo a fin de subrayar la universalidad del señorío de Cristo eucarístico. Para él, celebrar esta nueva presencia es ante todo y sobre todo reconocer y acoger en el signo a Cristo «que ha de vivir eternamente y está glorificado» (CtaO 22).
Convencido de que esta nueva presencia de Cristo es la fuente de un mundo nuevo, donde la jerarquía de valores y las relaciones sociales quedarán trastocadas, tiene la audacia de escribir a los jefes de los pueblos: «Os aconsejo encarecidamente, como a señores míos, que, pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis con gran humildad el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya». Y para subrayar que este memorial no es una simple ceremonia de recuerdo, sino un acto que compromete el presente y el porvenir de cada uno y de la sociedad, concluye la carta diciendo: «Y tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente [¡se trata siempre del Cristo eucarístico]. Y si no hacéis esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día del juicio» (CtaA 6-8).
¿Cabe decir más claramente que el Cristo eucarístico es una presencia viva, actual, permanente incluso en el centro de la vida social y política?
[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/hubaut.htm]

San Agustín de Canterbury. Murió el 26 de mayo, pero su memoria se celebra mañana.

SAN FELIPE NERI. Nació en Florencia el año 1515 y pronto marchó a Roma. Estudió filosofía y teología y fue preceptor de los hijos de una familia acomodada. Crecía su vida interior y su dedicación al apostolado y a las obras de caridad. En 1548 fundó una cofradía asistencial. Impulsado por su director espiritual y superada su propia humildad, por fin se ordenó de sacerdote en 1551. Fundó la Congregación del Oratorio para sacerdotes seculares dedicados a la predicación y al confesionario. Se dedicó en especial al cuidado de los jóvenes y los niños, en los que, con su estilo de vida, su bondad, su alegría y demás virtudes no menos simpáticas que exigentes, ejerció una gran influencia. Fundó también una asociación para atender a los pobres. Su celebración de la misa era una singular experiencia mística, tenía una capacidad extraordinaria para el contacto humano y popular, promovió nuevas formas de catequesis, arte y cultura, difundía en torno a sí una alegría que brotaba de su unión con Dios y de su buen humor. Fue gran amigo de san Carlos Borromeo y del capuchino san Félix de Cantalicio. Murió en Roma el 26 de mayo de 1595.- Oración: Señor Dios, que no cesas de enaltecer a tus siervos con la gloria de la santidad, concédenos que el Espíritu Santo nos encienda con aquel mismo fuego con que abrasó el corazón de san Felipe Neri. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

SANTA MARÍA ANA DE JESÚS DE PAREDES. Nació en Quito (Ecuador) el año 1618 en el seno de una familia piadosa y acomodada. Huérfana desde la niñez, consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún monasterio, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, el ayuno y otros ejercicios piadosos. A la vez, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas sin distinción de raza ni color: enseñaba el catecismo a los niños, visitaba a los enfermos, socorría a los pobres, consolaba a las personas atribuladas, atendía las necesidades de los indígenas pobres y de los negros, hubiera querido llevar la fe a los indios. Fue particularmente devota de la Pasión de Cristo. Formada en el espíritu ignaciano, ingresó luego en la Tercera Orden Franciscana. Además, fue lectora asidua de las obras de santa Teresa de Jesús. Murió en Quito el 26 de mayo de 1645. Es patrona del Ecuador. La Familia franciscana celebra su memoria el 28 de mayo.- Oración: Señor, Dios de misericordia, que hiciste florecer, junto con la virtud de la pureza, la austeridad de la penitencia, como lirio entre espinas, en santa María Ana de Jesús, que vivió en medio de un mundo corrompido, concédenos, por su intercesión, vernos libres de los vicios de nuestro tiempo y tender a la perfección cristiana. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
San Andrés Kaggwa. Nació en Uganda en 1856. Lo capturaron muy joven y lo llevaron como esclavo a la corte real, pero, por sus buenas cualidades, consiguió la libertad. Cuando Mwanga subió al trono, Andrés, que era amigo suyo, ascendió en la escala social. Desde su paganismo inicial, pasó al Islam y, cuando conoció a los misioneros, se convirtió al cristianismo con tal empeño, que se convirtió en apóstol sobre todo entre los pajes de la corte. Cuando llegó la persecución, lo detuvieron y se negó a abandonar su fe. Lo torturaron, lo mutilaron y por último lo decapitaron en Numyanyo (Uganda) el año 1886.
San Berengario. Monje del monasterio de Saint-Papoul (Francia), que murió el año 1093.
San Desiderio de Vienne. Nació en Autun (Francia) en torno al año 550. Vivió en Vienne, se incardinó en su clero y, a finales del siglo VI, fue elegido obispo de aquella diócesis. Predicó sin descanso el Evangelio llamando al clero y a los fieles a una vida sinceramente cristiana. Corrigió los vicios y excesos del clero y del pueblo, y también de la corte. La reina Brunilde se sintió ofendida y consiguió que un sínodo lo depusiera y desterrara el año 602. Aún pudo volver a su diócesis, pero, como no cesó de denunciar la corrupción de la corte, fue desterrado de nuevo. En un exceso de celo, un soldado le dio una gran pedrada y lo remató a bastonazos. Esto sucedió en el territorio de Lyon hacia el año 607.
San Eleuterio, papa del año 175 al año 189. Durante su pontificado la Iglesia disfrutó de paz gracias a la actitud tolerante del emperador Cómodo. Pero tuvo un serio problema interno: el montanismo que con sus exageraciones rigoristas amenazaba la paz de la Iglesia. Los famosos mártires de Lyon, que entonces estaban encarcelados, le escribieron una carta notable para que mantuviera la paz y no se precipitara en recurrir a las condenas. Murió en Roma el año 189.
Santa Felicísima. Fue martirizada en Todi (Umbría, Italia) en una fecha desconocida del siglo III o IV.
San José Chang Song-jib. Nació en Corea el año 1786 en el seno de una familia pagana. Dos veces quedó viudo, lo que le provocó una fuerte crisis. Cuando conoció el cristianismo, empezó el catecumenado, pero algunos misterios, como la encarnación del Verbo y su concepción virginal, le parecieron inadmisibles, y se retiró. Más tarde volvió al catecumenado y se bautizó en abril de 1838. Pronto lo arrestaron. Ante las autoridades confesó con claridad su fe y se negó a renegar de la misma. Lo torturaron, y murió en Seúl el 26 de mayo de 1839 a consecuencia de la paliza que le propinaron.
San Juan Doan Trinh Hoan y san Mateo Nguyen Van Phuong. El primero era sacerdote y el segundo seglar, y fueron decapitados en Dong Hoi (Vietnam) el 26 de mayo de 1861, en tiempo del emperador Tu Duc. Juan nació en Penang el año 1798 en el seno de una familia que contaba ya con vocaciones religiosas y mártires. Estudió en el seminario de Penang y se ordenó de sacerdote en 1836. Ejerció su ministerio en sucesivos distritos misionales, casi como en clandestinidad, y atendió especialmente a los jóvenes y los niños. Mateo nació en Ke-Lay el año 1800. Fue médico, luego comerciante, estaba casado y tenía ocho hijos. Fue un fervoroso catequista y albergaba en su casa a los misioneros, entre ellos al P. Juan, y allí los detuvieron a los dos. Ante el juez confesaron su fe y se negaron a apostatar.
San Lamberto. Quedó huérfano de madre al nacer y lo confiaron como oblato a la abadía de Lérins, en la que más tarde abrazó la vida monástica. El año 1114 lo nombraron obispo de Vence en Provenza (Francia). Cuidó de los pobres y fue verdadero amante de la pobreza. Destacó también por la dulzura de su carácter. Murió en Vence el año 1154.
San Pedro Sans i Jordá. Nació en Ascó (Tarragona, España) el año 1680. En 1697 entró en los Dominicos y en 1704 recibió la ordenación sacerdotal. Marchó a las misiones de Oriente y en 1713 llegó a Manila, donde estuvo dos años aprendiendo el chino. Ya en China, lo destinaron a la provincia de Fukien. Allí desarrolló un gran apostolado, interrumpido cuando en 1729 llegó la persecución contra los cristianos. Se refugió en Cantón, donde recibió el nombramiento y la consagración episcopal en 1730. Lo desterraron a Macao, y en 1738 pudo volver a Fukien, donde reanudó una gran tarea apostólica, pero con mucha cautela. En 1746, para evitar daños mayores a sus fieles, se entregó espontáneamente a las autoridades. Lo encarcelaron, lo torturaron y lo decapitaron en Fuzhou el año 1747.
San Ponciano Ngondwe. Era natural de Bulino (Uganda) y servía en la corte real como miembro de la guardia del rey.
San Andrés Kaggwa, que sería martirizado en la misma fecha pero en otro lugar, lo atrajo al cristianismo y se bautizó en 1885. El rey Mwanga decretó la muerte de sus servidores cristianos y Ponciano fue apresado. Cuando lo trasladaban para el martirio, se sintió desfallecer y en Ttaka Jiunge fue atravesado por una lanza y abandonado en el camino. Era el 27 de mayo de 1886.
San Prisco y compañeros. Sufrieron el martirio en la región de Auxerre (Francia) en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana.
San Simetrio. Fue martirizado en Roma en una fecha desconocida de la antigüedad cristiana. Fue sepultado en el cementerio de Priscila, en la Vía Salaria Nueva.
Beato Andrés Franchi. Nació en Pistoya (Toscana, Italia) el año 1335. De joven vistió el hábito de la Orden de Predicadores. Se ordenó de sacerdote en 1358 y a continuación se dedicó con preferencia a la predicación de la palabra de Dios. Ejerció diferentes cargos de gobierno en su Orden y restauró en sus conventos la regular observancia después de la peste negra. En 1382 fue elegido obispo de Pistoya. Gobernó a todos como padre, y destacó por su liberalidad para con los pobres, a los que atendía y albergaba en su palacio. Apoyó el movimiento penitencial de los Blancos que favorecían la paz y la misericordia. Poco antes de morir, renunció a su sede y se retiró al convento de Pistoya, donde murió en 1401.
Beato Francisco Patrizi. Nació en Siena (Italia) el año 1266. De joven quiso abrazar la vida contemplativa, pero tuvo que quedarse en casa para atender a su madre que estaba ciega. Cuando ésta falleció, en 1288, ingresó en la Orden de los Siervos de María. Recibió la ordenación sacerdotal en 1291, y se entregó con admirable celo a la predicación, la dirección espiritual y el ministerio de la penitencia, a la vez que se volcó en la atención a los pobres, para los que pedía a los ricos. Murió en Siena el año 1328.

PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN
Pensamiento bíblico:
De la carta de san Pablo a los Efesios: «Hermanos, yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz» (Ef 4,1-3).
Pensamiento franciscano:
Dice san Francisco: «Bienaventurado aquel religioso que no encuentra placer y alegría sino en las santísimas palabras y obras del Señor, y con ellas conduce a los hombres al amor de Dios con gozo y alegría. ¡Ay de aquel religioso que se deleita en las palabras ociosas y vanas y con ellas conduce a los hombres a la risa!» (Adm 20).
Orar con la Iglesia:
Bendigamos al Padre que con tanta generosidad ha derramado los dones del Espíritu Santo sobre todos los pueblos.
-Te pedimos, Señor, que continúes derramando tu gracia sobre nosotros, para que los dones del Espíritu abunden en nuestros corazones.
-Tú que hiciste a tu Hijo luz de las naciones, abre los ojos de los ciegos y libra de toda esclavitud a los que viven en las tinieblas del espíritu.
-Tú que ungiste a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo para realizar la salvación de los hombres, haz que siga vivificándonos continuamente.
-Envía tu Espíritu, luz de los corazones, para que confirme en la fe a los que viven en medio de incertidumbres y dudas.
-Envía tu Espíritu, solaz en el trabajo, para que reconforte a los que se sienten fatigados y desanimados.
Oración: Dios, Padre bueno, haz que la recepción de los dones del Espíritu Santo nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu alabanza y al servicio de nuestros hermanos. Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
* * *
EL NACIMIENTO DE LA IGLESIA EN PENTECOSTÉS Benedicto XVI, Regina Caeli del 27 de mayo de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, en la que la liturgia nos hace revivir el nacimiento de la Iglesia, tal como lo relata san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-13). Cincuenta días después de la Pascua, el Espíritu Santo descendió sobre la comunidad de los discípulos, que «perseveraban concordes en la oración en común» junto con «María, la madre de Jesús», y con los doce Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,1). Por tanto, podemos decir que la Iglesia tuvo su inicio solemne con la venida del Espíritu Santo.
En ese extraordinario acontecimiento encontramos las notas esenciales y características de la Iglesia: la Iglesia es una, como la comunidad de Pentecostés, que estaba unida en oración y era «concorde»: «tenía un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). La Iglesia es santa, no por sus méritos, sino porque, animada por el Espíritu Santo, mantiene fija su mirada en Cristo, para conformarse a él y a su amor. La Iglesia es católica, porque el Evangelio está destinado a todos los pueblos y por eso, ya en el comienzo, el Espíritu Santo hace que hable todas las lenguas. La Iglesia es apostólica, porque, edificada sobre el fundamento de los Apóstoles, custodia fielmente su enseñanza a través de la cadena ininterrumpida de la sucesión episcopal.
La Iglesia, además, por su misma naturaleza, es misionera, y desde el día de Pentecostés el Espíritu Santo no cesa de impulsarla por los caminos del mundo, hasta los últimos confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. Esta realidad, que podemos comprobar en todas las épocas, ya está anticipada en el libro de los Hechos, donde se describe el paso del Evangelio de los judíos a los paganos, de Jerusalén a Roma. Roma indica el mundo de los paganos y así todos los pueblos que están fuera del antiguo pueblo de Dios. Efectivamente, los Hechos concluyen con la llegada del Evangelio a Roma. Por eso, se puede decir que Roma es el nombre concreto de la catolicidad y de la misionariedad; expresa la fidelidad a los orígenes, a la Iglesia de todos los tiempos, a una Iglesia que habla todas las lenguas y sale al encuentro de todas las culturas.
Queridos hermanos y hermanas, el primer Pentecostés tuvo lugar cuando María santísima estaba presente en medio de los discípulos en el Cenáculo de Jerusalén y oraba. También hoy nos encomendamos a su intercesión materna, para que el Espíritu Santo venga con abundancia sobre la Iglesia de nuestro tiempo, llene el corazón de todos los fieles y encienda en ellos, en nosotros, el fuego de su amor.
* * *
ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR San Agustín, Sermón 171,1-3.5
El Apóstol nos manda alegrarnos, pero en el Señor, no en el mundo. Pues, como afirma la Escritura: El que quiere ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. Pues del mismo modo que un hombre no puede servir a dos señores, tampoco puede alegrarse en el mundo y en el Señor.
Que el gozo en el Señor sea el triunfador, mientras se extingue el gozo en el mundo. El gozo en el Señor siempre debe ir creciendo, mientras que el gozo en el mundo ha de ir disminuyendo hasta que se acabe. No afirmamos esto como si no debiéramos alegrarnos mientras estamos en este mundo, sino en el sentido de que debemos alegrarnos en el Señor también cuando estamos en este mundo.
Pero alguno puede decir: «Estoy en el mundo, por tanto, si me alegro, me alegro allí donde estoy». ¿Pero es que por estar en el mundo no estás en el Señor? Escucha al apóstol Pablo cuando habla a los atenienses, según refieren los Hechos de los apóstoles, y afirma de Dios, Señor y creador nuestro: En él vivimos, nos movemos y existimos. El que está en todas partes, ¿en dónde no está? ¿Acaso no nos exhortaba precisamente a esto? El Señor está cerca; nada os preocupe.
Gran cosa es ésta: el mismo que asciende sobre todos los cielos está cercano a quienes se encuentran en la tierra. ¿Quién es éste, lejano y próximo, sino aquel que por su benignidad se ha hecho próximo a nosotros?
Aquel hombre que cayó en manos de unos bandidos, que fue abandonado medio muerto, que fue desatendido por el sacerdote y el levita y que fue recogido, curado y atendido por un samaritano que iba de paso, representa a todo el género humano. Así, pues, como el Justo e Inmortal estuviese lejos de nosotros, los pecadores y mortales, bajó hasta nosotros para hacerse cercano quien estaba lejos.
No nos trata como merecen nuestros pecados, pues somos hijos. ¿Cómo lo probamos? El Hijo unigénito murió por nosotros para no ser el único hijo. No quiso ser único quien, único, murió por todos. El Hijo único de Dios ha hecho muchos hijos de Dios. Compró a sus hermanos con su sangre, quiso ser reprobado para acoger a los réprobos, vendido para redimirnos, deshonrado para honrarnos, muerto para vivificarnos.
Por tanto, hermanos, estad alegres en el Señor, no en el mundo: es decir, alegraos en la verdad, no en la iniquidad; alegraos con la esperanza de la eternidad, no con las flores de la vanidad. Alegraos de tal forma que sea cual sea la situación en la que os encontréis, tengáis presente que el Señor está cerca; nada os preocupe.
* * *
CONTEMPLAR Y VIVIR CON FRANCISCO Y CLARA DE ASÍS EL MISTERIO DE CRISTO EUCARÍSTICO por Michel Hubaut, franciscano
Celebrar la comida del Señor: vivir el hoy de Jesús que salva
Francisco escribe con bastante frecuencia que en la Eucaristía el Señor Dios «se nos brinda como a hijos», «se nos entrega todo entero», «se pone en nuestras manos», etc. Estos verbos en presente muestran bien que se trata de un don actual del amor salvador de Cristo vivo que viene y da su vida. Celebrar la Eucaristía es, pues, acoger el hoy de Jesús que salva. Es el lugar privilegiado de la comunión entre el crucificado-glorificado y el hombre. Francisco no disocia las diferentes etapas de la vida de Cristo. Este misterio es uno. Jesús nació por nosotros. Vivió y predicó en los caminos por nosotros. Murió en la cruz por nosotros. Se ofrece en la Eucaristía por nosotros. Este «por nosotros» recurre como un estribillo en sus escritos. Todos los sacramentos son, a sus ojos, una acción actual de Jesús «por nosotros». A través de ellos toca el hoy del hombre para sanarle y salvarle.
Desde Navidad hasta la mesa eucarística, Francisco discierne un solo y mismo movimiento: el del amor que se nos da a nosotros para hacernos vivir. En esta perspectiva, la Eucaristía no puede ser una simple devoción privada, sino la acogida personal y comunitaria de un Viviente que se nos da todos los días. Aquí y ahora está en juego la Alianza nueva y eterna. Aquí y ahora entramos en la historia de la salvación. Aquí y ahora participamos en la inmensa labor de la redención-liberación del mundo.
Esta comida o banquete es mucho más que un simple encuentro fraternal en que el hombre recuerda que es solidario de sus hermanos. Vivir la Eucaristía es, para Francisco, ser arrastrado en el movimiento del amor que se entregó hasta el don de sí: «Comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros. Bebed, este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros». Francisco ha percibido que recibir este cuerpo-entregado-por-nosotros es aceptar entregarse a la lógica del amor; beber esta sangre-derramada-por-nosotros es aceptar dar la propia vida, día a día, para hacer brotar el amor. Él vivirá de hecho, toda su vida apostólica, en esta dinámica de la Eucaristía. Y su muerte, que celebrará como una verdadera liturgia del Jueves y Viernes santo, será la expresión última y sacramental de su vida eucarística.
Uno de sus biógrafos escribe: «Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).
Recordemos que en aquel tiempo la comunión frecuente era rara. La Regla de Clara prescribe al menos siete comuniones al año (cf. RCl 3,9). El hermano Gil comulga todos los domingos y en las fiestas principales. ¿Era ésta la práctica de Francisco? La Regla franciscana no dice nada sobre la frecuencia de la comunión, pero Francisco invita con frecuencia a sus hermanos y a todos los cristianos a acercarse a esta fuente de vida. Insistencia tanto más comprensiva cuanto que en esta época la crisis de los sacramentos es tan grave que el Concilio IV de Letrán (1215), en el canon 21, debió prescribir la confesión anual y la comunión pascual como un mínimo para poder llevar una vida cristiana auténtica. Este Concilio no ha podido menos de influir en las cartas de Francisco.
Se esforzaba, pues, Francisco por hacer de toda su vida una acción eucarística, un culto en espíritu, una ofrenda espiritual a Dios, una celebración pascual del amor. Sin este deseo de coherencia, la misa corre, en efecto, el riesgo de degenerar en ritos formales y vacíos. Francisco «no asiste» a la misa; participa reviviendo los actos salvadores de su Señor que están como acumulados y actualizados en este sacramento. Entra así en la historia actual del acontecimiento pascual de la salvación. Mira siempre el conjunto de la vida de Cristo. Y lo que se despliega en el tiempo por parte de los hombres es un solo acto por parte de Dios. En Navidad, en su vida pública, el Jueves santo, en la cruz, en la mañana de Pascua, Jesús se da a su Padre y a sus hermanos y ya su Padre lo acoge y lo glorifica. Esto explica que Francisco tiene el mismo vocabulario y la misma actitud de adoración ante el Niño de Belén, el Cristo del Calvario y la presencia eucarística. Discierne en todo el mismo amor que reclama sin coacción y que se abaja para darse al hombre. Es siempre el mismo Dios el que manifiesta su gloria en la humildad de los signos: un niño, una cruz, un pedazo de pan...
En una carta dirigida a todos sus hermanos escribe: «¡Tiemble el hombre entero, que se estremezca el mundo entero, y que el cielo exulte, cuando sobre el altar, en las manos del sacerdote, está Cristo, el Hijo del Dios vivo! ¡Oh admirable celsitud y asombrosa condescendencia! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, pues el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan!» (CtaO 26-27).
Todo el misterio de la encarnación, de la redención y de la resurrección entra en el hoy de Dios. La Eucaristía es su actualización para nosotros. Como la encarnación ayer, pero bajo un modo diferente, la Eucaristía continúa revelándonos el corazón de Dios y descubriéndonos su presencia entre nosotros. Semejante amor respetuoso y semejante humildad admiran a Francisco que tomará de ellos las motivaciones esenciales de la humildad y de la pobreza de su vida evangélica. «Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones» (CtaO 28).
[Cf. el texto completo en http://www.franciscanos.org/sanfraneucaristia/hubaut.htm]








Comentarios