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29 de Abril - SANTORAL

  • 29 abr 2016
  • 11 Min. de lectura

SAN HUGO DE CLUNY. Nació en Brionnais (Borgoña, Francia) el año 1024 de padres nobles. Desde pequeño mostró poca disposición para las armas, la equitación y la caza, actividades preferidas de los de su clase y condición, y por las que querían encauzarlo; lo suyo era en cambio la lectura y el estudio. Por eso su padre confió su educación a su familiar el obispo de Auxerre, que lo llevó al priorato benedictino de San Marcelo. A los quince años marchó a la abadía de Cluny, y el abad san Odilón lo admitió. Recibió la ordenación sacerdotal a los 20 años y a los 24 el abad lo nombró vicario suyo, oficio en el que aprendió mucho. Tenía que relacionarse con personas de todos los rangos, y a todos dejaba admirados por sus cualidades humanas y espirituales. Un año después, muerto san Odilón, fue elegido abad de Cluny, abadía que gobernó durante 61 años. Tuvo que viajar mucho para visitar y aconsejar a papas, santos, reyes y emperadores, y participar en sínodos y concilios. Fue padre de sus monjes, pródigo en dar limosna y ayudar a los pobres, cultivó la vida de oración, estuvo atento a las necesidades de la Iglesia de su tiempo, la consolidó y la propagó. Murió en Cluny el año 1109.


SANTA CATALINA DE SIENA, virgen y doctora de la Iglesia. Nació en Siena (Italia) el año 1347. En la adolescencia hizo voto de castidad y rehusó contraer el matrimonio que le proponían sus padres. El año 1363 vistió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, y a partir de entonces se esforzó en conocer a Dios en sí misma y a sí misma en Dios, y en asemejarse a Cristo crucificado. Supo conjugar su intensa vida contemplativa con su incesante actividad al servicio de la Iglesia. Movida por su gran amor a Dios y al prójimo, promovió la paz y la concordia entre las ciudades y defendió con valentía los derechos y la libertad del Romano Pontífice, favoreciendo también la renovación de la vida religiosa, la de los dominicos en particular. Luchó con energía y sin descanso por el retorno del papa, de Aviñón a Roma, y por la unidad de la Iglesia ante el Cisma. Fue una mujer de alta vida mística, autora de importantes obras de espiritualidad. Murió en Roma el 29 de abril de 1380. Juan Pablo II la nombró en 1999 copatrona de Europa.- Oración: Señor Dios, que hiciste a santa Catalina de Siena arder de amor divino en la contemplación de la pasión de tu Hijo y en su entrega al servicio de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, vivir asociados al misterio de Cristo para que podamos llenarnos de alegría con la manifestación de su gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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San Acardo. Nació en Normandía (Francia), abrazó la vida monástica y llegó a ser abad del monasterio de San Víctor en París. Escribió muchos tratados de vida espiritual para conducir a las almas cristianas a las cimas de la perfección. Luego lo nombraron obispo de Avranches y, durante el tiempo en que gobernó su diócesis, estuvo frecuentando la abadía premonstratense de Lucerne-d'Outremer en Normandía, donde lo enterraron cuando murió el año 1172.


San Antonio Kim Song-u. Era un seglar coreano, cristiano fervoroso y militante, casado, que, durante la persecución desatada en su país contra la Iglesia, reunía clandestinamente en su casa a los cristianos para leer la Sagrada Escritura y orar en común, y con ello animarse mutuamente y afianzarse en la fe. Así lo hizo hasta que fue arrestado y condenado a muerte. Lo estrangularon en la cárcel de Seúl (Corea del Sur) el año 1841.


San Severo. Fue elegido obispo de Nápoles el año 363, y su largo pontificado coincidió con el período de expansión y afianzamiento que siguió a la paz que dio Constantino a la Iglesia. Era una persona amable y serena, y se ganó el aprecio de cristianos y no cristianos. Fue amigo de san Ambrosio, con el que estuvo en el concilio de Capua el año 392. Construyó el célebre baptisterio de Nápoles y la basílica dedicada al Salvador. Murió el año 409.


San Tíquico. Se trata del discípulo y colaborador de san Pablo, a quien el Apóstol en sus cartas lo llama hermano carísimo, ministro fiel y compañero en el servicio del Señor.

San Torpetes. Sufrió el martirio en Pisa (Italia) en una fecha de la antigüedad cristiana que nos es desconocida.


PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN

Pensamiento bíblico:

Uno del público avisó a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,47-50).


Pensamiento franciscano:

Santa Clara escribió a santa Inés: «Me alegro muchísimo en el Señor y salto de gozo... Y el motivo de esto es que, cuando vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y honores y dignidades del siglo, desposándoos legítimamente con el ínclito Emperador, desdeñando todas esas cosas, habéis elegido más bien, con entereza de ánimo y con todo el afecto de vuestro corazón, la santísima pobreza y la penuria corporal, tomando un esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo, que guardará vuestra virginidad siempre inmaculada e ilesa» (1CtaCl 3.5-7).


Orar con la Iglesia:

Oremos a Dios Padre en la fiesta de santa Catalina de Siena que, desde su total entrega al Señor, trabajó incansablemente al servicio de la Iglesia y de los hombres.

-Por la Iglesia, en la diversidad de comunidades e instituciones: para que manifieste a los ojos del mundo la riqueza del misterio de Cristo.

-Por los religiosos y las religiosas de vida contemplativa: para que su consagración a Dios sea a la vez ejemplo de amor al prójimo.

-Por los religiosos y las religiosas consagrados a los diversos ministerios eclesiales: para que sean espejo de la múltiple acción de Jesús en nuestro mundo.

-Por los laicos que asumen tareas eclesiales: para que sean luz de Cristo en los diversos ambientes en que viven y trabajan.

Oración: Escucha, Dios Padre, nuestras súplicas y concédenos que el Espíritu Santo nos impulse a seguir más de cerca las huellas de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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SANTA CATALINA DE SIENA De la catequesis de S. S. Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 24-XI-2010

Santa Catalina nació en Siena, el año 1347, en el seno de una familia muy numerosa, y murió en Roma, en 1380. A la edad de 16 años, impulsada por una visión de santo Domingo, entró en la Tercera Orden Dominicana, en la rama femenina llamada de las Mantellate. Permaneciendo en su familia, confirmó el voto de virginidad que había hecho privadamente cuando todavía era una adolescente, se dedicó a la oración, a la penitencia y a las obras de caridad, sobre todo en beneficio de los enfermos.


Cuando se difundió la fama de su santidad, fue protagonista de una intensa actividad de consejo espiritual respecto a todo tipo de personas: nobles y hombres políticos, artistas y gente del pueblo, personas consagradas, eclesiásticos, incluido el Papa Gregorio XI que en aquel período residía en Aviñón y a quien Catalina exhortó enérgica y eficazmente a regresar a Roma. Viajó mucho para solicitar la reforma interior de la Iglesia y para favorecer la paz entre los Estados: también por este motivo el venerable Juan Pablo II quiso declararla copatrona de Europa.


Catalina sufrió mucho, como tantos santos. Alguien incluso pensó que había que desconfiar de ella hasta el punto de que, en 1374, seis años antes de su muerte, el capítulo general de los Dominicos la convocó a Florencia para interrogarla. Pusieron a su lado a un fraile erudito y humilde, Raimundo de Capua, futuro Maestro general de la Orden, el cual se convirtió en su confesor y también en su «hijo espiritual», y escribió una primera biografía completa de la santa. Fue canonizada en 1461.

La doctrina de Catalina, que aprendió a leer con dificultad y aprendió a escribir cuando ya era adulta, está contenida en El Diálogo de la Divina Providencia o Libro de la Divina Doctrina, una obra maestra de la literatura espiritual, en su Epistolario y en la colección de las Oraciones. Su enseñanza está dotada de una riqueza tal que el siervo de Dios Pablo VI, en 1970, la declaró doctora de la Iglesia.

En una visión que nunca se borró del corazón y de la mente de Catalina, la Virgen la presentó a Jesús que le dio un espléndido anillo, diciéndole: «Yo, tu Creador y Salvador, me caso contigo en la fe, que conservarás siempre pura hasta que celebres conmigo en el cielo tus nupcias eternas» (Raimundo de Capua). Ese anillo sólo era visible para ella. En este episodio extraordinario reconocemos el centro vital de la religiosidad de Catalina y de toda auténtica espiritualidad: el cristocentrismo. Cristo es para ella como el esposo, con quien vive una relación de intimidad, de comunión y de fidelidad. Él es el bien amado sobre todo bien.

Ilustra esta unión profunda con el Señor otro episodio de la vida de esta insigne mística: el intercambio del corazón. Según Raimundo de Capua, que transmite las confidencias que recibió de Catalina, el Señor Jesús se le apareció con un corazón humano rojo esplendoroso en la mano, le abrió el pecho, se lo introdujo y dijo: «Amada hija mía, así como el otro día tomé tu corazón, que tú me ofrecías, ahora te doy el mío, y de ahora en adelante estará en el lugar que ocupaba el tuyo». Catalina vivió verdaderamente las palabras de san Pablo, «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

Como la santa de Siena, todo creyente siente la necesidad de uniformarse a los sentimientos del corazón de Cristo para amar a Dios y al prójimo como Cristo mismo ama. Y todos nosotros podemos dejarnos transformar el corazón y aprender a amar como Cristo, en una familiaridad con él alimentada con la oración, con la meditación sobre la Palabra de Dios y con los sacramentos, sobre todo recibiendo frecuentemente y con devoción la sagrada Comunión. Queridos hermanos y hermanas, la Eucaristía es un extraordinario don de amor que Dios nos renueva continuamente para alimentar nuestro camino de fe, fortalecer nuestra esperanza, inflamar nuestra caridad, para hacernos cada vez más semejantes a él.

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GUSTÉ Y VI Santa Catalina de Siena, Diálogo sobre la divina providencia (Cap. 167)


¡Oh Deidad eterna, oh eterna Trinidad, que por la unión de la naturaleza divina diste tanto valor a la sangre de tu Hijo unigénito! Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Tú sacias al alma de una manera en cierto modo insaciable, pues en tu insondable profundidad sacias al alma de tal forma que siempre queda hambrienta y sedienta de ti, Trinidad eterna, con el deseo ansioso de verte a ti, la luz, en tu misma luz.

Con la luz de la inteligencia gusté y vi en tu luz tu abismo, eterna Trinidad, y la hermosura de tu criatura, pues, revistiéndome yo misma de ti, vi que sería imagen tuya, ya que tú, Padre eterno, me haces partícipe de tu poder y de tu sabiduría, sabiduría que es propia de tu Hijo unigénito. Y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, me ha dado la voluntad que me hace capaz para el amor.

Tú, Trinidad eterna, eres el Hacedor y yo la hechura, por lo que, iluminada por ti, conocí, en la recreación que de mí hiciste por medio de la sangre de tu Hijo unigénito, que estás amoroso de la belleza de tu hechura.

¡Oh abismo, oh Trinidad eterna, oh Deidad, oh mar profundo!: ¿podías darme algo más preciado que tú mismo? Tú eres el fuego que siempre arde sin consumir; tú eres el que consumes con tu calor los amores egoístas del alma. Tú eres también el fuego que disipa toda frialdad; tú iluminas las mentes con tu luz, en la que me has hecho conocer tu verdad.

En el espejo de esta luz te conozco a ti, bien sumo, bien sobre todo bien, bien dichoso, bien incomprensible, bien inestimable, belleza sobre toda belleza, sabiduría sobre toda sabiduría; pues tú mismo eres la sabiduría, tú, el pan de los ángeles, que por ardiente amor te has entregado a los hombres.

Tú, el vestido que cubre mi desnudez; tú nos alimentas a nosotros, que estábamos hambrientos, con tu dulzura, tú que eres la dulzura sin amargor, ¡oh Trinidad eterna!


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OBEDIENCIA Y LIBERTAD EN LA IGLESIA SEGÚN SAN FRANCISCO por Michel Hubaut, OFM


Saber conciliar la humildad, la mansedumbre y la tenacidad

Como muestra el siguiente hecho, Francisco tiene el arte de compaginar la humildad auténtica, no fingida, con una suave obstinación: «Cierta vez que san Francisco llegó a Imola, ciudad de la Romagna, se presentó al obispo del lugar para pedirle licencia de predicar. "Hermano -le replicó el obispo-, basta que predique yo a mi pueblo". San Francisco -la cabeza baja- sale humildemente. Al poco rato vuelve a entrar. Le pregunta el obispo: "¿Qué quieres, hermano? ¿Qué buscas otra vez aquí?" Y el bienaventurado Francisco: "Señor, si un padre hace salir al hijo por una puerta, el hijo tiene que volver a él entrando por otra". El obispo, vencido por la humildad, lo abraza con cara alegre y le dice: "Predicad desde ahora, tú y tus hermanos, en mi obispado, pues tenéis mi licencia general; y conste que esto lo ha merecido tu santa humildad"» (2 Cel 147).

Francisco estaba convencido de que sus hermanos se ganarían la confianza del pueblo, de los obispos y de los sacerdotes con la simplicidad y la humildad, mucho más que con privilegios. Así lo atestigua un hermoso pasaje de la Leyenda de Perusa. Algunos frailes dijeron a Francisco que pidiera al Papa el privilegio de predicar sin necesitar el permiso de los obispos. El Santo les respondió: «Mi deseo es que primeramente convirtamos a los prelados con nuestra humildad y nuestra reverencia para con ellos. Cuando vean la vida santa que llevamos y el respeto que les profesamos, ellos mismos os pedirán que prediquéis y convirtáis al pueblo, y lo congregarán para que os oiga, mucho mejor que los privilegios que pedís, y que os llevarían al orgullo» (LP 20).

Esta declaración expresa uno de los secretos de la libertad de Francisco, quien tenía por costumbre «visitar a los obispos o sacerdotes al entrar en una ciudad o territorio» (1 Cel 75). Él no puede pretender la conversión de su auditorio al Evangelio de Jesucristo si antes no está liberado de cualquier posesión, de todo privilegio, y se mantiene, a la vez, en perfecta comunión con la iglesia local.

Actitud que lo distingue con toda claridad de los numerosos predicadores ambulantes de su época que recorrían Italia y el sur de Francia. Su desapropiación radical lo convirtió en un hombre totalmente libre que sabe que no es propietario de nada, y mucho menos de la Palabra de Dios, confiada por Cristo a su Iglesia.

Para dirimir el siempre actual debate sobre cómo compaginar en la práctica la libertad de conciencia de las personas con la obediencia a la Iglesia, Francisco emplea un solo criterio de discernimiento, relativamente sencillo: procurar siempre «seguir la voluntad del Señor y agradarle» (1 R 22,9) y obedecer a la Iglesia mientras no nos mande algo «en contra del alma y de nuestra Regla» (2 R 10,3).

Su forma evangélica de concebir la libertad y la obediencia hace de él, como escribe Pablo Sabatier, «un hijo de la Iglesia, más y mejor que nadie de su tiempo, pues en lugar de no ver en la fe, como tantos otros, más que la obediencia disciplinar a los mandatos de la jerarquía, más que una sumisión física en la que no participan la voluntad, la inteligencia y el corazón, él vivificó su sumisión, la fortificó, la exaltó con un amor incomparable».

Francisco manifiesta que es posible ese raro equilibrio de la fe, capaz de compaginar la inspiración imprevisible del Espíritu, la libertad de conciencia de todo hombre y la obediencia a la Iglesia, guardiana de la tradición. Y la irradiación de su vida entera es una demostración de que esta actitud es apostólicamente fecunda.

Francisco logró, pues, vivir una obediencia total a la santa Iglesia romana, sin por ello renunciar nunca a las exigencias de su propia vocación. No acusará a la Iglesia, echándole en cara sus bienes temporales, sus propiedades, sus iglesias y catedrales, sus privilegios y beneficios eclesiásticos; pero defenderá siempre otro camino y otros medios para vivir el Evangelio él y sus hermanos.

¡Este es realmente uno de los rasgos más originales de la personalidad de Francisco! ¡Y no quiere decirse con ello que esta actitud no le supusiera tensiones, dificultades, enfados y sufrimientos! Conociendo los abusos y flaquezas de la Iglesia de entonces, el hecho de que en la vida y en los escritos de Francisco no se encuentre ninguna huella de crítica corrosiva a la Iglesia no puede menos que causar admiración.

Pues, recordémoslo: aunque en la Iglesia del siglo XIII hubo santos sacerdotes, la situación del clero era a veces lamentable (prácticas simoníacas, concubinato...) y suscitaba verdaderos tumultos populares de indignación y negativas colectivas a reconocer la validez de los sacramentos administrados por aquellos sacerdotes pecadores. Pero como escribió también Bernanos: «Sólo se reforma a la Iglesia sufriendo por ella».

Por lo demás, la misma Iglesia actual reconoce que la obediencia de Francisco no fue siempre fácil. «El hijo de Pietro Bernardone fue hombre de Iglesia, se entregó a la Iglesia, y por la Iglesia, a la que jamás separó de Cristo Señor, comprometió, incluso en el dolor, hasta el más íntimo latido de su alma» (Juan Pablo II, 2-X-81).

[Cf. el texto completo en Selecciones de Franciscanismo n. 54 (1989) 357-370]




 
 
 

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